jueves, 6 de diciembre de 2012

De la profesión


Ayer fue un día dedicado a mi profesión. Fui partícipe de un almuerzo seguido de larga y amena sobremesa con la directiva de la Asociación de Periodistas de Galicia, presidida por Arturo Maneiro. La cita -en la que estuve acompañado por mi amigo del alma, como cariñosamente nos reconocemos, Juan Barro (TVE) , jubilado como yo, que desgranará mi trayectoria el día "D"- tenía por objetivo ponerme al corriente de los detalles y protocolo del acto de entrega del premio Diego Bernal 2013 con el que han tenido la magnanimidad de distinguirme y que me será entregado el 24 de enero en el marco de los actos del patrón de los periodistas, San Francisco de Sales. Esta ceremonia tendrá lugar en el hotel Puerta del Camino de la ciudad compostelana. Naturalmente, al margen de que lo haga de manera solemne en la fecha mencionada, ayer les hice un anticipo de mi profundo agradecimiento. Es un galardón que da enorme prestigio y categoría. Nunca pensé que mi trayectoria podría ser acreedora del Diego Bernal, como tampoco nunca trabajé pensando en conseguir trofeos, aunque, también tengo que confesarlo, si el reconocimiento llega me hace extraordinariamente feliz. Si además mi candidatura prospera con la unanimidad del jurado, como ayer me recalcaron, y éste está formado por compañeras y compañeros del oficio, cualquiera se puede imaginar la enorme alegría que me embarga desde el día en que Arturo Maneiro me lo anunció. El premio llega en unas circunstancias difíciles para todos y particularmente para los periodistas. Desde el 2008, diez mil colegas han pasado a engrosar las listas del desempleo. Dramática la estadística. Y lo peor es que, desgraciadamente, todo apunta a que la sangría sigue. En ese sentido, he sido un privilegiado porque a lo largo de mi carrera no he conocido el paro, por eso me acuerdo insistentemente, y me solidarizo y expreso un abrazo de aliento y ánimo a quienes sufren la lacra y a aquellos otros sobre los que se cierne un incierto futuro y viven pensando en que ellos pueden ser los próximos. Como sin duda observará el lector amigo, las emociones de distinto signo se entrecruzan. Es la circunstancia agridulce de sentirse uno bien, personalmente, pero mal como parte de un colectivo minado, igual que otros muchos, por la desesperación que produce la falta de trabajo.