domingo, 29 de abril de 2012

De cacerías y viajes de la vida Real

La duquesa de Medinaceli, con el alce que mató en Oslo
Al hilo de las aventuras, cacerías y viajes de la vida Real y a propósito de que Ferrol y Noruega están hoy un poco más cerca que ayer -porque en nuestras gradas les construimos barcos y a los ingenieros y oficiales los tratamos con la mayor hospitalidad, por eso ellos han regalado 100.000 euros a la Cocina Económica y otros 100.000 a Cáritas- viene a cuento un curioso relato contenido en la publicación Por Esos Mundos, revista semanal de principios del siglo XX. Por esas fechas, 1925, los duques de Medinaceli, Grandes de España, organizaban cacerías en Noruega. Vemos, de entrada, que los lazos de amistad entre España y Noruega se remontan a tiempo atrás y nada tenían que ver entonces con las construcciones navales militares. Pero, he aquí algunas marcadas diferencias, si mantenemos como referencia las cacerías de Juan Carlos I, que es a lo que íbamos. Los Duques de Medinaceli cazaban alces, el Rey, elefantes, y las cacerías de los miembros de aquella casa nobiliaria no se ocultaban, el monarca español sí. Probamos lo de la transparencia de los Medinaceli. Comenta el cronista, Francisco G. de Gisbert, que el viaje (lo hicieron en Chrysler y Rolls Royce, 4.800 kilómetros) causó asombro a los noruegos "y no tardaron en venir al hotel (Bristol) representantes de los diarios principales a interviuvar al duque", precisa en su relato. Y otro dato singular "Era la primera vez en los anales de la Historia, que habían venido españoles en automóviles desde Madrid a cazar alces en Noruega", señala el firmante. Ah, se me olvidaba. En este caso viajaban el duque y la duquesa, y en el nuestro, el Rey prefirió ir con unos amig@s. Evidentemente, existen ciertos paralelismos, incluso el ansia de los cazadores por dejarse fotografiar al pie de su trofeo. No hay como las hemerotecas para tirar de la manta. Hoy es domingo, jornada propicia para disipar la penumbra anímica en la que nos movemos a diario. Y relajarnos un pelín, que buena falta nos hace.