sábado, 3 de marzo de 2012

Dique flotante

El monocultivo industrial, que forma parte del ADN de Ferrol, constituye la grandeza y también la miseria de esta ciudad creada (s. XVIII) por decisión borbónica por y para el Estado. Digo grandeza porque de nuestros astilleros han salido los mejores buques de la Armada española y en estos momentos es uno de los más destacados enclaves mundiales en el marco de las construcciones navales militares como lo prueba el hecho de que se han venido fabricando unidades navales de tecnología puntera para terceros países. Y digo miseria porque, al carecer de un colchón productivo diversificado, lo mismo atravesamos períodos de bonanza económica (cuando hay pedidos) que nos sumergimos en la depresión más profunda (cuando los encargos fallan). Así, con estos ciclos, hemos estado toda la vida desde que Ferrol dejó de ser una villa de pescadores y cobró la categoría de ciudad. Actualmente y desde la llamada reconversión naval de los años ochenta, sufrimos los efectos de las vacas flacas. Pasamos de tener cerca de 100.000 habitantes para registrar actualmente los setenta y tres mil. Pero, a pesar del desmoronamiento de ASTANO (hoy Navantia-Fene) y de haber sido vetados por la UE para la construcción civil y habernos entretenido con los artefactos off shore, Ferrol ha sobrevivido en este tiempo con la construcción naval militar en los astilleros de la antigua Bazán. Pero la carga de trabajo flaquea en el mencionado sector, lo que, unido a la crisis generalizada que nos asola, las cosas pintan francamente mal. La salida parece cifrarse en la construcción de un dique flotante y la creación de una centro de reparaciones navales en la ría. Todo un test para la habilidad negociadora y para poner en la balanza el peso de nuestros gestores. De momento pesa y duele la incertidumbre y los trabajadores se rebelan contra la indiferencia o la resignación. Una vez más.