martes, 6 de marzo de 2012

La crisis y la cultura

La cultura suele pandar con las crisis, sean éstas del signo que fueren. Ante las dificultades, lo primero es ajustar cuentas y así como a nivel doméstico empiezas por las sociedades en las que apoquinas, si nos referimos a la esfera institucional, la primera medida es cortar el grifo de las ayudas a las diversas actividades. Pero vamos a esto segundo porque lo primero entra dentro de las capacidades individuales y familiares, mientras que en lo segundo estamos hablando del erario público. Los gestores políticos incurren en la tentación de pensar que cuando adjudican subvenciones le están haciendo el favor a alguien, olvidándose de que esa constelación de pequeñas entidades están, en muchos casos, supliendo la falta de recursos humanos e ideas de las propias administraciones, amén de que es muy saludable que la cultura venga de abajo arriba evitando verticalismos, clientelismos y todo tipo de manipulaciones que ensombrecen la ética y la estética de quienes teniendo el deber de administrar con equidad y transparencia los dineros de todos se creen los dueños de la parcela, patrimonializan y acaban incurriendo en el indeseable fenómeno del amiguismo. Como no podía ser de otra manera, existen colectivos organizados cuyas masas sociales tienen determinado peso ideológico y esto es así y tiene que ser así, porque es el reflejo de la pluralidad en la que nos movemos, pero esto que responde a la propia esencia de la sociedad democrática, se convierte en un estigma que gravita como una losa a la hora de hacer el reparto, según el color del gobierno de turno. Tal vez no se puede generalizar porque existen casos patentes en los que las actividades de una sociedad suelen remontar las alternancias en los gobiernos a lo largo de los años, lo que no deja de ser un signo de madurez y seriedad de quienes ejercen la representatividad ciudadana. Lo ideal es que esta fuera la práctica habitual. Por otro lado, cierto que todos tenemos que apretarnos el cinturón y la cultura tiene su parte alícuota en el sacrificio, pero también corremos el peligro de que se convierta en una excusa fácil para hacer tabla rasa porque la miopía política considera esta parcela como una de las cenicientas a la hora de elaborar los presupuestos. Mal asunto. En tiempos adversos, la cultura es, puede ser, un paliativo, una terapia. Los pueblos, los barrios, las parroquias tienen también que cuidar y alimentar su salud lúdica, mental, cultural e intelectual frente, precisamente, a la desazón, cuando no a la depresión económica y social.