martes, 15 de enero de 2013

Entre corruptos y espías: ¡País!


No nos falta de nada en esta España mía, en esta España nuestra que cantaba la desaparecida Cecilia, no sin problemas con la censura, en los estertores del franquismo. A la epidemia de la corrupción que floreció durante el período próximo pasado de las vacas gordas, de la que nos vamos enterando ahora en una negra sucesión de capítulos, hay que sumar el escabroso asunto del espionaje político fomentado en su día por el gobierno de Esperanza Aguirre, que, por cierto, ahora se nos va de cazatalentos, para vigilar no al adversario político, que tampoco estaría justificado, sino a sus propios correligionarios por el mero hecho de ser elementos díscolos al estar más cerca de Rajoy o más lejos de la lideresa que tanto monta. Como lo del espionaje político no está tipificado como delito, uno podría pensar, pues allá estos chicos del PP, que, en su luchas intestinas por el poder, son capaces de batirse en duelo y recurrir a las típicas puñaladas traperas, algo muy habitual en las formaciones políticas. Ah, pero la cuestión es que este tipo de espionaje entre "hermanos" está sufragado con dinero público y estas ya son palabras mayores. Es una de las mil caras de la corrupción ya que estamos ante un supuesto caso de malversación de fondos públicos. Aunque al comenzar estas líneas distinguía entre la corrupción y el espionaje político, tratándolos como dos fenómenos aparentemente diferentes, al final vemos que todos los caminos conducen a lo mismo: la indecencia y la inmoralidad en la gestión del dinero de todos. No solo no salimos del atolladero sino que da la impresión de que cada día que pasa nos sumergimos más y más en el ponzoñoso problema de las corruptelas de las que solo se salvan quienes no han tocado poder todavía.