viernes, 11 de enero de 2013

¿Dimitir? ¿Eso qué es?


Lo primero que dice un político cuando se ve imputado, salvo tan honrosas como escasísimas excepciones, es que no dimite. Además, lo dice con una gran contundencia con el indudable objetivo de dar muestras de seguridad de su inocencia ante el respetable, cuando no tiene que convencer a nadie. Los jueces tendrán la última y autorizada palabra. Realmente, si recurriéramos al sentido común y a una mínima conciencia de la ética, tenían que hacer todo lo contrario, sin esperar a que nadie se lo preguntase. Aunque luego resulten absueltos. Sería la manera de ganarse, de entrada, la presunción de inocencia y, en cualquier caso, sentir la satisfacción del deber cumplido, ante cualquier sombra de sospecha. Pero como esto que vemos y vivimos es el mundo al revés, ahí está la negra estadística de 200 políticos actualmente implicados y pegados a la poltrona hasta que una sentencia judicial o la presión del partido respectivo los obligue a abandonar el puesto. Y aquí se produce una dejación y una reprobable actitud no sólo de las personas sino también de las formaciones políticas que casi siempre miran para el otro lado hasta que el agua les llega al cuello y no tienen más remedio que actuar. Uno de los numerosos ejemplos estaba ayer en los titulares de las publicaciones digitales. Durán i Lleida, de Unió, que en el 2000 dijo que dimitiría inmediatamente si se demostraban irregularidades con la financiación de su partido, manifestaba ayer desde Chile que de ninguna manera, que no pensaba dimitir ahora que incluso oficialmente su formación ha admitido el fraude. Hormigón armado hay que tener en el rostro. ¿Dimitir? Pero ¿eso qué es?