sábado, 26 de mayo de 2012

La indignidad de la mentira y la falsedad

Un día puse un tuit diciendo que la hemeroteca era el peor enemigo de aquellos que suelen contar mentiras. Fue bastante retuiteado, es decir, a un sector de tuiteros les gustó la sentencia. Todos los días vemos como los periodistas de los informativos, en las tertulias televisadas, radiofónicas, etc, recuerdan, con imágenes, o en audio, lo que un político dijo en un momento determinado para contrastarlo con lo que posteriormente llega a sostener. Si es grave que hoy diga una cosa y mañana la contraria, es decir, que mienta, tan decepcionante es que las audiencias nos estemos acostumbrando y corramos el riesgo de asumir esta desfachatez, por adjetivarlo de manera benévola, como un fenómeno normal. A diario se incurre en la perversión del lenguaje político, se pierde la ética y la estética en actitudes y comportamientos, se dicen medias verdades, medias mentiras y mentiras mondas y lirondas, se frivoliza en el análisis y el discurso...Esto no puede, no debería seguir así. ¿Habrá cosa más indigna que mentir, falsear datos, cuentas, informes de todo tipo y esto hacerlo con publicidad y alevosía? ¿Habrá algo más depravado que meter mano en los dineros públicos, malgastarlos, utilizarlo incluso para drogas, putas y divertimentos varios? Es verdad que algunos ya lo están pagando con la cárcel, pero esos suelen ser chivos expiatorios ya que las cabezas pensantes, los instigadores intelectuales siguen pisando alfombras rojas, parquet noble, escenarios glamurosos, noches de vino y rosas, mientras España está hecha unos zorros y la UE, una ratonera. Mientras nos movemos en los cinco millones de desempleados y los umbrales de pobreza empiezan a dar titulares cada vez más frecuentes. Crisis económica, crisis de valores, generaciones perdidas, fuga de talentos.  Lo peor es que los que no saben como salir del atolladero nos acaban inyectando el virus de la impotencia, nos acaban convenciendo de que o esto o el caos, de que no hay nada que hacer, del sí o sí, en un claro afán de desmovilizar, de evitar la contestación social, de tener a la sociedad atenazada por el miedo, porque todavía pueden ocurrir cosas peores. Triste panorama. Prometo que mañana estaré más optimisma.