viernes, 14 de junio de 2013

Se cumplen 80 años de la muerte de Hildegart Rodríguez a manos de su madre que le disparó cuatro tiros mientras la joven dormía



Madre e hija en una fotografía de la época
En la mañana del día 9 de junio de 1933, hace ochenta años, Hildegart Rodríguez fue asesinada a tiros por su madre mientras dormía, dramático suceso que ocurrió en la calle Galileo de Madrid en donde ambas vivían. La parricida, la ferrolana Aurora Rodríguez Carballeira, que vivió siempre pegada a Hildegart, a la que quiso educar como la futura abanderada y guía del sexo femenino, presintió que esta quería emanciparse y decidió quitarle la vida. Es una historia novelada, pasada al cine y al teatro. El cadáver de Hildegart fue encontrado por la sirvienta de la casa a la que Aurora había mandado a pasear los perros para de esta manera quedarse sola y poder perpetrar el crimen. Cometido el brutal asesinato,  la parricida bandonó la vivienda con un lote de ropa en la mano y se dirigió a casa del diputado Botella Asensi a quien le contó todo y este decidió acompañarla al juzgado de guardia. Curiosamente, el arma homicida fue hallada en una cama turca que había en la misma habitación en donde dormía Hildegart y, según manifestó posteriormente Aurora, se trataba de un revólver que había comprado con la intención de suicidarse, si bien, finalmente optó por matar a su hija. Una vez hecha la autopsia, el cuerpo sin vida de la joven fue expuesto en la sede del Partido Federal, al que se había pasado Hildegart después de haber sido expulsada por díscola de las filas socialistas. La historia de Aurora Rodríguez Carballeira y su hija Hildegart ha quedado rigurosamente relatada en la obra "A mi no me doblega nadie. Aurora Rodríguez: Su vida y su obra (Hildegart)", Ediciós do Castro de la que es autora la exprofesora de la Universidad Complutense, doctora en Ciencias de la Información y escritora, la ferrolana Rosa Cal. Aurora había vivido los momentos "en los que hervían las ideas de los socialistas utópicos. La militancia liberal de sus padres y abuelos abonó las inquietudes propias". Y así fue como concibió la idea de educar excepcionalmente a una mujer que fuese la bandera y guía del sexo femenino. Su experiencia había tenido un precedente en la educación imprevista de su sobrino al que convirtió en un pianista prodigio con solo tres años, Pepito Arriola que luego describiría una trayectoria brillantísima internacionalmente avalada como concertista. (Continuará)