domingo, 24 de febrero de 2013

Aquellas aguadoras de los años veinte del siglo pasado


Aunque con dificultad, en la foto se aprecian
algunas aguadoras con las sellas en la cabeza
En más de una ocasión desfilaron ante mi vista fotografías diversas de la antigua plaza de Armas, con el obelisco de Churruca y las aguadoras. Y de esto, de las aguadoras -ya que esta sección se subtitula "Pasado y presente"-  quería ocuparme en el afán de recuperar para la memoria colectiva, aquel viejo oficio. Se trataba ni más ni menos que de aquellas mujeres -el Cronista Oficial de la Ciudad, Ricardo Nores, subrayaba en Ferrol Diario(1974) que sólo había un hombre- que suministraban el líquido elemento, de primera necesidad, para el alivio de la sed y mantenimiento de la higiene de los vecinos. Subían escaleras, portaban sellas en sus cabezas en una sufrida actividad que les permitía obtener una siempre modesta ayuda para su supervivencia. La plaza de Armas era el principal centro de distribución, que disponía de dos caños. Otra fuente famosa era la de San Amaro, y había más todavía, como la del Dique, "La Mina" y la de las Palomas. Las aguadoras eran mujeres curtidas, muchas de ellas con gran temperamento que se ponían a prueba en lo que era la greña diaria, que comenzaba con las primeras luces del día. "Daban bastante que hacer a los viejos guardias municipales que se las veían y deseaban para contenerlas y raro era el día que alguna de ellas no visitara el "cagarrón" (depósito municipal) de la calle del Olvido", narra Nores Castro. Pero así como eran aguerridas y peleonas, también mostraban su lado humano y solidario a la primera ocasión que se plantease. Por ejemplo eran las primeras en acudir con sus sellas y toda clase de recipientes a sofocar un incendio colaborando eficazmente con los bomberos "llenando las cubas que arrastradas por caballerías alimentaban una bomba que, accionada manualmente, daba presión al agua". Al amparo de las casetas que circundaban la plaza de Armas dejaban a sus tiernas criaturas "mal vestidas, descalzas y peor alimentadas". Retomando la descripción del carácter batallador y conflictivo, a raíz de los escándalos que protagonizaban en la fuente, la autoridad local se vio obligada en un momento determinado a "legislar" obligando a aquellas aguadoras a solicitar permiso, para, de esta manera, tenerlas controladas, advirtiéndoseles que "los aguadores que suministren a sus parroquianos agua de distinta fuente a la que se hallan inscriptos, la autoridad local los condenará a la pérdida de la plaza. El oficio de las aguadoras se extinguió al llevarse a cabo la traída municipal, sobre los años veinte del siglo pasado.