domingo, 2 de marzo de 2014

Colores para la guerra (1898): rojos, los del centro, amarillos de Ferrol Vello y azules los de Esteiro

Grabado del siglo XIX
Durante el siglo  XIX, los ferrolanos vivían angustiados ante los intentos de invasión de países extranjeros: La Gran Bretaña, Francia, EEUU. Era un puerto codiciado por su situación geoestratégica. Recordemos al mariscal inglés Pitt: "Si Inglaterra tuviera un puerto como este lo rodearía de murallas de plata". Bueno, pues en esta ocasión los que parece que pretendían adueñarse de nuestro "ferroliño" eran los norteamericanos. ¿Vienen o no vienen los yanquis? titulaba El Correo Gallego un día del mes de junio de 1898. Y la cosa no era de broma. En la crónica se decía que quedaban instalados los hospitales de sangre de los tres distritos. Esteiro ocupaba la planta baja de la casa 14 de la calle San Carlos, conocida por la barriada de Piña. Hospital dotado de seis camas. Ferrol Viejo, en la casa de la calle San José, esquina a la de Espartero, número 27, con dos camas. La Graña, escuela de niñas, con dos camas. A cada distrito se le asignaban cuatro camilleros y dos ordenanzas. "Todos" estos recursos se ponían en marcha, además de la Casa de Socorro y el Hospital de Caridad. Para la evacuación, el personal sanitario llevaba por divisa unos lazos en la solapa...la comisión de defensa se reunía un día sí y otro también y convocó a doscientas personas con el objetivo de crear una fuerza cívica que velase por los intereses del vecindario que, a la vista de todo este plan se manifestaba "agitadísimo", según expresión del periodista que narraba este episodio. Uno de los detalles que, particularmente, me resultó curioso y que vale para gastar bromas hoy, es que los ferrolanos tenían que llevar unos distintivos de diversos colores, según el barrio al que pertenecían: los del centro eran rojos, Ferrol Viejo, amarillos y Esteiro, azules. Abundando en la crónica, se decía también que en los alrededores de la comarca había muchas habitaciones pedidas, "muchos tratos cerrados" para el supuesto de un bombardeo. Por otro lado, los alimentos subían de precio. Por ejemplo, los huevos que un par de meses antes se vendían a tres reales, ahora a cinco. En fin, como podrá ver el amable lector, nuestros ancestros han vivido en ascuas ante la amenaza de las bombas extranjeras. Les gustábamos y querían tomar posesión de nuestro territorio. Menos mal que tirábamos de cadenas entre los castillos que flanquean la bocana de la ría y les lanzábamos con nuestros cañones unos cuantos "recados" y la cosa no se les presentaba tan facilona. Véase el caso de los ingleses, cuya poderosa escuadra quiso ocuparnos en el 1800 y, finalmente, huyeron despavoridos ante la resistencia numantina ofrecida por nuestros antepasados, que no disponían de medios militares eficazmente disuasorios, pero sí grandes dosis de coraje y valentía. ¿Vienen o no vienen los yanquis? Al final no vinieron.