miércoles, 22 de enero de 2014

"El grito de la costa enloquecida"

Estos días de atrás en los que se ha relatado, una vez más, la crónica del temporal desatado en las costas galaicas, con resultados trágicos para una familia de Meirás, le di a la moviola para recordar mis "flirteos" con el mar, no exentos de riesgo, que en ocasiones no alcanzaba a ver porque vives esa etapa de la juventud en que todo te parece liso y llano, porque crees que las cosas malas les suceden a los otros, porque piensas que tienes las claves para distinguir lo bueno de lo malo y reaccionar en tiempo y forma. El mar siempre me convocó. Fui pescador. No pasé de la categoría de iniciado. Fui pescador desde la ribera y a bordo. Al margen de la riqueza y tesoros  que encierra en sus entrañas, me motivaba la inmensidad del océano, que se pierde majestuoso en el horizonte, sus embravecidas aguas que rompen con violencia en las rocas provocando un auténtico festival de espuma al viento, el silencio sospechoso de un mar de fondo, cuyas ondas súbitamente te privaban de ver tierra cuando la tenías a dos pasos, la niebla que tendía su manto en cinco minutos y te dejaba absolutamente desnortado, el mar rizado, siempre incómodo y zozobrante, los imponderables como la inesperada avería, la pérdida de un remo, el rizón que has tenido que dejar en el fondo cortando el cabo porque la pequeña embarcación y el mar empezaban a ser incompatibles... El mar me motivaba, me atraía (y me atrae) y llegaba a jugar con él a pesar del enorme respeto y temor que me infunde, porque no hay que olvidar que aún a los más avezados marineros suele sorprender. El mar es traicionero. Lo habrás escuchado muchas veces a los hombres que tienen en el mar su medio de vida. A nivel personal ¿sustos? algunos. Hoy reducidos al género de la anécdota o la peripecia. El mar no lo llevaré en el ADN, pero va conmigo, forma parte del libro de mi vida, de mi manera de ser. En mi infancia en tierras esmudienses escuchaba por las noches, en los inviernos crudos y duros,  el airado rumor de las olas, que me asustaba, que amenazaba, o eso pensaba yo, con inundar el fértil valle de Esmelle. Lo que el poeta inglés Alfred Tennyson denominó "el grito de la costa enloquecida". Hoy, desde mi retiro de Papoi, recupero aquella gama de sonidos marinos, de rugidos espectaculares, en la paz y el silencio del mundo rural.