lunes, 23 de junio de 2014

Las fiestas de mi pueblo

Las "voladoras" inmortalizadas por la fotógrafa
estadounidense Ruth Mathilda Anderson en un
viaje que hizo por Galicia en los años 20
Mi parroquia natal está de fiesta. Es el patrón San Juan. Dice la comisión de la asociación vecinal que nadie recuerda en la localidad que dejaran de celebrarse estos festejos. Existen dudas sobre el período de la Guerra Civil, pero tampoco certezas en un sentido u otro. Estas fiestas están asociadas a mi infancia. Se celebraban en la carretera de acceso a la iglesia, A Carreira, naturalmente empedrada, por la que apenas transitaban coches. Por aquel entonces -sucede con todos los recuerdos de la niñez que tienden a agigantar los escenarios, las personas, etc- me parecía que era una explanada enorme. Como enorme era el gentío que allí se congregaba. Hoy cuando paso por la zona me parece mentira que en aquel espacio tan exiguo se  montara todo el dispositivo festero y, desde luego, descarto que se reuniese una cantidad ingente de personas. Recuerdo las "voladoras", especie de norias que se pueden ver en la foto que ilustra este post; las "lanchas" en las que para el balanceo se sumaban las fuerzas de los dos ocupantes que tiraban de respectivas cuerdas. Y un tinglado que constaba de unos raíles, que descansaban sobre unos pilares en el suelo,  y un avión que portaba un petardo en el morro. El aparato había que asirlo por su popa y subirlo por una fuerte pendiente de aquella infraestructura hasta llegar a un tope en el que explosionaba el diminuto paquete de pólvora. Era una prueba de fuerza para los adultos. La pirotecnia se lanzaba toda a mano y los chavales corríamos detrás de las varillas, afición no exenta de cierto riesgo. Guardo también un especial recuerdo del repique de campanas en la procesión. Incluso mantengo el nombre en la memoria, Eliseo, un vecino que manejaba muy bien los badajos haciendo una combinación "gloriosa" entre la campana más aguda y la más grave. Era como una composición musical. Iniciaba en ritmo "lento" para continuar "in crescendo" hasta alcanzar una gran apoteosis, no exenta de ritmo, cadencia y singulares matices. Todo un lenguaje que otros con más sensibilidad y recursos que el que suscribe han sabido narrar y describir con categoría literaria.Yo admiraba al campanero, como admiraba al pirotécnico y no digamos a los divos de las orquestas, que solían ser los llamados vocalistas. En ocasiones, cuando el presupuesto lo permitía, se traía a dos formaciones musicales, que rivalizaban sobre aquellos escenarios levantados con tablas de pino y adornados con ramas y espadañas. La energía eléctrica la suministraba un motor que movía una dinamo, cuyo ruido se mezclaba con la megafonía de la orquesta. Recuerdo igualmente las peleas entre bandas de parroquias vecinas que rivalizaban. En algunos casos, acababan con agresiones graves. Los músicos compartían el almuerzo extraordinario en casas de vecinos del lugar. Entonces funcionaba la hospitalidad como una actitud natural en días tan señalados. No me olvido, por otro lado, de los estrenos de calzados y ropa. Se esperaba al patrón para hacer un dispendio, no muy ostensible. Eran años de la posguerra, años de hambre y de muchas necesidades. La liturgia está también muy presente en los recuerdos. Ese día se celebraba "la misa de función", amenizada por algunos miembros de las orquestas que luego se lucirían en las verbenas. En fin, y tantas otras vivencias y experiencias que harían interminable esta "acotación". Queden cuando menos algunas de las que han ido saliendo según los dedos "repicaban" el teclado de mi ordenador.