martes, 22 de marzo de 2016

Espectacular salto de la Semana Santa ferrolana: ha pasado de ser la mejor del Norte de España de los años 80 a la actual Fiesta de Interés Internacional

"Semana Santa ferrolana 1987"
De una Semana Santa vacía de los años 50 a una Semana Santa declarada Fiesta de Interés Turístico Internacional de nuestros días va un largo trecho, que cuenta como hitos principales la catalogación en los años ochenta como la mejor del Norte, la declaración en 1995 como Fiesta de Interés Turístico Nacional y en el 2014, Fiesta de Interés Turístico Internacional. Cuentan las crónicas de la época, mediados del siglo pasado, que los actos de la Semana Santa hasta entonces se reducían exclusivamente a las funciones litúrgicas señaladas en el Ritual Romano para todas las iglesias católicas.

Fray Ricardo Sanlés, mercedario, relata que los misales para los fieles aún no estaban extendidos, aunque ya el Lefebre comenzaba a propagarse, de suerte que las funciones de iglesia no se vivían "ni saboreaban" como, sin embargo, comenzó a suceder, superada la segunda mitad del siglo XX. Las personas pudientes abandonaban la ciudad y se dirigían al Sur para contemplar la Semana Santa andaluza en todo su esplendor. Otras preferían las solemnidades de las grandes abadías y monasterios donde estas funciones litúrgicas alcanzaban un espíritu y una vida que solo los monjes podían comunicar con sus voces, sus ceremonias, su unción y su espíritu, a la vista de las cuales "toda alma, sea cristiana o pagana, era arrebatada en éxtasis, con ansias de lo infinito", escribe Sanlés.

El resto de las personas que se quedaban en la ciudad, que era casi la totalidad de la población no podían darse a otra cosa, además de las funciones de culto, que el barroquismo de los monumentos del Jueves Santo, la oficialísima procesión del Santo Entierro y "la siempre muy devota de "Os Caladiños".

Ya sería a partir de los años 50 cuando empieza a cobrar relevancia la Semana Santa ferrolana con unos programas que se van ampliando y que poco a poco van enriqueciendo los procesionarios, al tiempo que las cofradías multiplican sus esfuerzos organizativos. En el año 1958, por ejemplo, se cubrían los siete días de la semana, aunque el calendario estaba hegemonizado mayoritariamente por los cultos religiosos y pocas procesiones todavía, entre las que destacaban el Cristo de los Navegantes, Santo Entierro y "Os Caladiños".

No pretendo hacer un recorrido exhaustivo por todos los años que median hasta la actualidad, que sería prolijo y aburrido, simplemente hacer referencia a tramos de tiempo para ver la evolución de este fenómeno. En el año 1987 firmaba un servidor un cuadernillo especial de La Voz de Galicia, integrado por 16 páginas y que estaba dedicado a la Semana Santa. Conservo el documento porque creo recordar que era uno de los primeros de su género que se hacían en la delegación de Ferrol. Abría este especial con unos titulares que contabilizaban trece procesiones. En un antetítulo indicaba que  la Semana Santa movilizaba a unas cien mil personas. En tres décadas se había dado un salto de gigante y las nuevas corporaciones democráticas afrontaban la programación con ayudas económicas en la medida de las posibilidades que permitían los presupuestos municipales y dispuestos a remar todos en la misma dirección teniendo en cuenta, por encima de credos, que era un acontecimiento que podía dejar sus buenas divisas sobre todo al gremio de la hostelería. Añadiré que a esas alturas ya se consideraba la mejor Semana Santa del Norte de España. Pues bien, de las trece procesiones del año 1987 hemos pasado actualmente a veinticinco, organizadas por cinco cofradías, según obra en la web de la Junta General de las Cofradías.


A la vista está el espectacular salto que, sobre todo, de los años ochenta del siglo pasado a esta parte, ha dado a Semana Santa local que ha alcanzado ya el mayor grado de reconocimiento oficial. Un fenómeno cultural y religioso, que se ha convertido, a tenor de las cifras multitudinarias de visitantes, en una importante fuente de ingresos, con gran animación en las calles y plazas, pujanza que valoran en su justa medida tanto creyentes como agnósticos.