domingo, 22 de octubre de 2017

LOS ATENEOS, PEQUEÑAS UNIVERSIDADES DEL SABER (Reflexión con carácter retroactivo)

Este artículo fue escrito, pero no publicado, a raíz de una reunión de ateneos celebrada en Gijón en el año 2001. La reflexión (que viene justificada porque recientemente se llevó a cabo en Ferrol un encuentro de directivos de ateneos de Cataluña) fue redactada cuando se van a cumplir dieciséis años de aquel acontecimiento, al que asistí. Creo que la aportación tiene todavía vigencia.


Los ateneístas, en un paseo por la ciudad asturiana

Vivimos las ventajas de la era del conocimiento y de la comunicación, pero a lomos de un vértigo con innumerables riesgos, entre ellos la frivolización o banalización de determinados valores de signo ético y moral que nos abocan a la mediocridad. Una mediocridad que se manifiesta en las formas de vida, esto es, costumbres, códigos de conducta, rituales, religiones, etc, todos ellos elementos, junto con otros, que conforman el croquis cultural de una sociedad. Si vamos un poco más allá, se advierten síntomas de cierto ostracismo y abdicación por parte de sectores tales como los intelectuales que, por su condición, debieran de actuar como actores críticos ante tanta chabacanería como la que nos envuelve. Pero esto es harina de otro costal.

Es por eso que siempre ha de alfombrarse el camino a iniciativas que sacudan la inercia colectiva, que sitúen al sujeto ante la realidad cantante y sonante, que nos lleven, en definitiva, aunque sea por momentos, a la reflexión y al manejo del diálogo y del debate como instrumentos de comunicación y enriquecimiento cultural. En ese marco, un significado colectivo de ateneístas y periodistas iberoamericanos filipinos, en reunión celebrada en noviembre de 2001 en Gijón, hemos podido comprobar como dentro de la diversidad hay fenómenos que son comunes porque, obviamente, el avance tecnológico permite que las corrientes de opinión, como el hecho cultural y un infinito caudal de información se difunda y alcance los confines del planeta a través del gran panel mediático.

En consonancia con lo anterior, hay que felicitar a ese gran visionario (Arturo Azuela, dixit) y favorecedor de la interculturalidad que es el presidente del Ateneo Jovellanos gijonés, José Luis Martínez, actualmente titular de la Asociación Iberoamericana Filipina de Ateneos, hombre reconocido y admirado, por lo que hemos podido observar los que teníamos la condición de foráneos en las recientes jornadas.
El presidente del Ateneo gijonés José Luis
Martínez, a la izquierda, entrega un diploma
al escritor e historiador mexicano
Arturo Azuela (1938-2012)
Uno, que, además de periodista también es vocacionalmente ateneista (socio fundador del Ateneo Ferrolán) no puede menos que reconocer el esfuerzo y el tesón de quienes abanderan estas pequeñas universidades del saber que son, por tradición, los ateneos. Y hago especial hincapié en esto porque no siempre la sociedad y las propias instituciones son capaces de valorar el papel de estas personas que llevan su compromiso de manera silente, entregando su tiempo y renunciando a sus cosas.
No creo que este sea el caso de la sociedad gijonesa, paradigma del movimiento ateneísta a juzgar por el número de entidades de este género que han proliferado en la historia contemporánea de Asturias, pero no estará de menos hacer el recordatorio.

Lo bueno sería que los ateneos fuesen autosuficientes, porque la dependencia siempre condiciona y coarta la libertad de movimientos, pero orillemos la utopía para poner los pies en el suelo. Este tipo de sociedades culturales generalmente requieren el apoyo de las administraciones para alcanzar lo que no pueden con sus recursos naturales: programas ambiciosos, publicaciones interesantes, premios y certámenes de prestigio, infraestructuras dignas en las que desenvolver sus actividades, etc. Es ahí en donde las instituciones deben/deberían de dar el do de pecho porque al fin y a la postre, en este caso los ateneos, están dando respuesta a déficits de las propias administraciones.
Espero que el Ateneo Jovellanos, pletórico de actividades –más de cien al año- no se encuentre en esos apuros, pero si así fuere invito a los gestores de la cosa pública a que piensen que la cultura es el antídoto de la mediocridad y del ostracismo a los que nos referíamos más arriba, que piensen también que  un pueblo cultivado y abierto tiene muchas más claves para construir una convivencia civilizada y un futuro en democracia y en libertad.

Germán Castro
Periodista. 
Ferrol. Noviembre de 2001