martes, 19 de noviembre de 2024

 

        Un recorrido por las antiguas Casas Consistoriales


Esta fue la sede del Ayuntamiento anterior a la actual

La crónica de la época señala que, en vísperas de inaugurarse el nuevo Palacio Municipal que hoy conocemos, “se van apagando las polémicas que con referencia al mismo se habían originado. Empezaron estas por el asunto del emplazamiento del edificio. Se discutió luego sobre su aspecto y estilo de facto arquitectónico, para tomar después la crítica popular como blanco, las esculturas que adornan su fachada y sobre todo, las dos sirenas colocadas en ambos lados del escudo de armas de la ciudad. Por si fuera poco, todavía el comadreo callejero, tan dado a señalar parecidos, casi llegó a negar la paternidad de la obra a su proyectista, encontrando la ascendencia del futuro consistorio en otras construcciones congéneres”.

Dejando a un lado la polémica, será ilustrativo lanzar una mirada retrospectiva para apreciar las características de los locales que han ido ocupando sucesivas corporaciones municipales a través de los tiempos.

Consta en acta del Ayuntamiento, que en el año 1613 se habían realizado varias libranzas para construir en la puerta del Castro, la llamada Torre Antigua, con el objeto de colocar en ella el reloj público, y para que sirviese además de sala consistorial y de cárcel. Esta edificación debió de ser reducida e incómoda en grado sumo, puesto que el Conde de Lemos, en carta-orden del 4 de marzo de 1716, mandó establecer por cuenta del municipio otro presidio, disposición que se llevó a efecto adquiriendo de la obra pía Virgen del Rosario una casa situada entre las señaladas con los números 22 y 25 de la calle, que por la causa antedicha, se llama de la cárcel vieja. A este edificio se trasladó también el concejo, cuyas facultades quedaban reducidas poco más que a la provisión de cargos subalternos, pues el nombramiento de alcalde y procurador general lo hacía al Conde de Andrade. Las asambleas de vecinos se celebraban en el atrio de la capilla de San Roque ya que el edificio municipal era insuficiente para su función.

Así las cosas, aparece la Real Cédula de 21 de diciembre de 1733, en virtud de la cual las nobles casas de Andrade y Lemos cesaron en el dominio que había ejercido por espacio de 392 años sobre la villa, pasando esta con sus 222 vecinos a depender de la Corona. El monarca entonces se reservó el derecho de nombrar al alcalde mayor letrado que a la vez sirva de auditor de guerra del departamento. Decreto dado por Felipe II el 7 de junio de 1734. Varias personas pasaron sin pena ni gloria por este puesto hasta que el Rey Carlos III nombró para ocuparlo a Manuel Álvarez Caballero. La descripción que del edificio municipal hace este ilustre corregidor en el acta del 4 de noviembre de 1786 no puede ser más elocuente y desconsoladora. En ella expone que cuando al tomar posesión de su cargo pasó a visitar a los presos, se encontró con que aquellos desgraciados estaban sepultados en una lóbrega triste y húmeda bodega sin separación cuando ya el Emperador Constantino dijera que la cárcel había de ser lugar seguro y saludable.

Su impresión no mejoró al ver que las reuniones del concejo tenían que celebrarse en la propia habitación del alcalde, desprovista de todo ornamento, de forma que ni silla de Presidencia había. El archivo lo formaban unas viejas arcas en las que estaban metidos sin orden ni método los documentos.

En vista de lo que antecede, realizó gestiones cerca del monarca para la construcción de una nueva casa consistorial, con arreglo a los planos hechos por el coronel de ingenieros y sargento mayor de la plaza, don Dionisio Sánchez Aguilera. “Pero entonces, como ahora, empezaron algunos timoratos a decir que la obra proyectada era de una envergadura exagerada para Ferrol”. Como consecuencia, el señor Álvarez Caballero dijo que quien más ennoblece a los pueblos son los magníficos edificios cuya memoria aún después de su ruina duran los futuros siglos. Y reforzaba su aserto con obras como el templo de Diana en Éfeso; en Cartago el monumento en honor de Juno; en Bizancio, sus nobles murallas a Babilonia, etc., y a España, el monasterio de San Lorenzo del Escorial.

Por otra parte, nuestro municipio, que no hacía muchos decenios había recibido a doña Ana María de Neoburgo, esposa de Carlos II, era un lugar muy visitado, no solamente por altos dignatarios de la Corte, a los que era preciso dar un alojamiento en consonancia con su alcurnia, sino incluso por extranjeros, los cuales se temía que podrían llevarse una mala imagen. La realidad era que la única construcción digna de alabanza eran sus arsenales.

A pesar del celo y de la actividad desplegada por el señor Álvarez Caballero en favor de la edificación del nuevo consistorio, no pudo ver su propósito convertido en realidad por haberse trasladado a Valladolid para desempeñar el cargo de oidor de aquella chancillería. No obstante, antes de su marcha reparó la sala de la Torre antigua, donde volvieron a celebrarse las sesiones desde 1784 a 1788. En este periodo, reconociéndose la imperiosa necesidad de proporcionar instalación adecuada a una cátedra de latinidad y a una escuela pública, se acordó construir en el llamado campo de la horca, frente a la calle del Desengaño, un edificio. Ocupada la planta baja del mismo por los centros docentes citados y quedando vacíos en el primer piso unos salones amplios, trasladó a ellos el ayuntamiento, su sala de sesiones y su archivo.

Tres años más tarde se aprobaba el proyecto de casa consistorial que había mandado confeccionar el señor Álvarez Caballero. Dicha obra, que se pretendía hacer en la Plaza de Dolores, se llevó a cabo al fin en el corralón destinado a la custodia de las astillas del arsenal. Se trata de la cárcel nueva, edificio que posteriormente fue ocupado por el Instituto de Enseñanza Media y después Gobierno militar, hoy Abanca. Comenzaron los trabajos el 17 de marzo de 1794, para terminar a principios del 1802, instalándose inmediatamente en el nuevo edificio, las dependencias municipales y los presos de la cárcel vieja.

Pero el Ayuntamiento no había de encontrar todavía aquí su alojamiento definitivo y así, en 1847 volvió a establecer sus oficinas en la casa que había dejado antes, debiendo esperarse a 1953 para hacer el traslado al actual Palacio Municipal, ahora renovado.  El inmueble que dejaba se convirtió durante la dictadura franquista en el sindicato vertical.

Publicado en el suplemento dominical Nordesía/Diario de Ferrol, 17-11-2024

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